Abd Al Malik: de la pregunta por la unicidad a la responsabilidad del diálogo

Régis Fayette-Mikano, conocido después como Abd Al Malik, creció en un hogar católico practicante. Acompañaba a su madre a misa, se preparó para la comunión y fue monaguillo. En un colegio católico del centro de Estrasburgo encontró los libros y la filosofía, mientras fuera vivía otra vida en el barrio de Neuhof: alumno brillante de día y joven que robaba y traficaba de noche para pertenecer a su grupo.
Antes, ver a una mujer en el suelo mientras intentaba robarle el bolso con un amigo lo había sacudido: comprendió que no podía seguir así.
Sus preguntas cambiaron cuando vio caer a sus amigos. Algunos murieron por sobredosis; otros fueron a prisión o a instituciones psiquiátricas. Dijo que aquella cercanía de la muerte despertó preguntas existenciales y una intensa necesidad de sentido. Ya no se trataba solo de abandonar el delito, sino de saber por qué vive una persona y sobre qué fundamento puede construir su vida.
Volvió a la religión en la que había crecido y preguntó a religiosos y profesores de catequesis. No lograba comprender la Trinidad y las respuestas no lo satisfacían. Su hermano mayor Bilal le dio libros sobre el islam. Ver a Cristo como profeta le parecía más coherente con el monoteísmo; dijo que lo leído se acercaba a su «religión natural» y a su visión del ser humano y del mundo.
Entró en el islam a los dieciséis o diecisiete años, hacia 1991–1992. Pronto fue a una mezquita con un amigo y describió un sentimiento de pertenencia y de haber encontrado una identidad que le faltaba. La decisión tuvo consecuencias prácticas: dejó de robar y traficar, y sus días pasaron a ordenarse con la oración, la lectura y la predicación.
Sin embargo, más tarde no presentó aquel comienzo como algo acabado. Contó que la ira adolescente y la necesidad de pertenecer convirtieron por un tiempo la religión en una bandera ideológica y lo llevaron a mirar el mundo en términos binarios. La música, los estudios y la predicación seguían siendo vidas separadas, hasta que comprendió que esa visión no formaba la persona íntegra que buscaba.
La corrección llegó desde dentro del recorrido. Los libros y el estudio lo devolvieron a lo que llamó el corazón del islam; la compañía sufí le ofreció una forma de examinarse en vez de cargar toda la responsabilidad sobre los demás. Según su relato, la pregunta pasó a ser: ¿qué parte de responsabilidad me corresponde y qué puedo hacer para mejorar mi entorno?
Su madre respetó sus nuevas prácticas y vio algo bueno en el cambio de conducta. Él terminó vinculando la fe con el arte, la educación y el diálogo, e insistió en que necesitaba a sus hermanos judíos, cristianos, budistas y ateos. En su historia, entrar en el islam no termina las preguntas: abre un camino para corregir el fervor inicial y reunir unicidad divina, conocimiento y responsabilidad hacia los demás.
Fuentes
- Journal Ventilo — entrevista directa, 28 de noviembre de 2006
- Psychologies — entrevista directa, 9 de junio de 2009
- Le Monde — entrevista independiente posterior, 24 de marzo de 2019
Fotografía: Aditi Gogoi / Unsplash.
