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Yvonne Ridley: abrió el Corán buscando una objeción

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Un Corán abierto en una mezquita
Fotografía: Anis Coquelet / Unsplash

Yvonne Ridley creció en el nordeste de Inglaterra, hija de un minero del condado de Durham. Antes del islam creía en Dios y se describía como cristiana practicante; acudía a la iglesia unas dos veces al mes. Al mismo tiempo abrió camino en el exigente periodismo británico: comenzó en periódicos provinciales, pasó por redacciones nacionales como Daily Mirror, News of the World y Sunday Times, y llegó a ser reportera jefe del Sunday Express. Su oficio consistía en acercarse a los hechos, poner a prueba relatos aceptados y asumir el riesgo de perseguir una noticia.

A finales de septiembre de 2001, pocas semanas después de los atentados del 11 de septiembre, entró disfrazada en Afganistán para informar sobre la vida de la gente ante la guerra que se aproximaba. Tenía cuarenta y tres años y era madre, pero el impulso periodístico pesó más que el peligro. Durante el regreso, su cámara quedó al descubierto en un control. Los talibanes la retuvieron diez días, primero en Jalalabad y luego en Kabul. Se describió en cautiverio como asustada, furiosa y desafiante, no como alguien que buscaba una experiencia espiritual.

Durante la detención, un clérigo le preguntó si quería abrazar el islam. Ridley se negó a tomar una decisión capaz de cambiar su vida mientras era prisionera, pero prometió leer el Corán si quedaba libre. Más tarde reconoció que la promesa nació bajo presión y que estaba dispuesta a decir lo que pudiera ayudarla a salir. La distinción es esencial: el cautiverio no fue el momento de su conversión, ni presentó el trato recibido allí como prueba religiosa.

De vuelta en Gran Bretaña, pudo considerar la promesa unas palabras que caducaron al terminar el peligro. Eligió cumplirla. También la impulsaba una pregunta profesional: ¿cómo informar con autoridad sobre el mundo musulmán sin haber leído su escritura central? Empezó, por tanto, con los hábitos de una periodista que verifica una afirmación, no con la certeza de quien ya ha elegido el resultado.

Llegó al texto con una imagen negativa del islam, sobre todo en relación con las mujeres y la violencia. Quería saber si la opresión atribuida a la religión en noticias y costumbres estaba realmente en la escritura. Amplió la lectura a libros y comentarios. Le llamaron la atención los profetas cuyos nombres conocía por el cristianismo, y los temas de justicia y responsabilidad ante Dios. Lo que comenzó, dijo, como un “ejercicio académico” se convirtió poco a poco en un viaje espiritual.

El giro decisivo fue que el libro no confirmó el veredicto que ella llevaba. Según su testimonio, encontró una afirmación del valor espiritual de la mujer y de su derecho al conocimiento, no el caso que esperaba demostrar. También la conmovió la igualdad expresada en el Mensaje de Despedida del profeta Muhammad. Sus preguntas no desaparecieron porque alguien las silenciara; cambiaron de dirección al comparar una imagen heredada con una fuente examinada personalmente.

Por eso Ridley rechazó que el llamado “síndrome de Estocolmo” explicara su fe. No ofrecía un diagnóstico médico, sino que resistía una explicación que consideraba demasiado fácil. Dijo que no creó un vínculo con sus captores, que rechazó convertirse en prisión y que estudió el islam en libertad. Cerca de dos años separaron la detención de su decisión. Ese intervalo es el centro del relato: el miedo produjo una promesa; la libertad albergó el estudio y la elección.

En julio de 2003 pronunció la shahada en una casa de Londres, ante un pequeño círculo de menos de cinco personas que la apoyaban. El momento fue privado y ocurrió un día antes de partir hacia un trabajo en el Golfo. Las fuentes no publican un día exacto de julio y no debe inventarse. Lo establecido es que una convicción formada durante largo tiempo llegó a una declaración explícita: adorar solo a Dios y seguir a Su Mensajero.

La familia no reaccionó con una sola voz. Ridley contó que una hermana la apoyó, mientras otra dejó de hablarle durante aquella etapa. Su padre se enfadó al principio, después leyó el Mensaje de Despedida y lo conmovió su igualdad; su madre volvió a la iglesia. Estos datos no convierten a la familia en antagonista: muestran que la decisión tuvo un coste y que la conversación continuó después de la shahada.

La nueva vida tomó forma práctica. Aprendió a rezar, adoptó el hiyab, abandonó el alcohol y más tarde dejó el tabaco tras una lucha más larga. Dijo que el islam le dio confianza y claridad, pero también la colocó bajo un escrutinio público intenso; muchos comenzaron a interpretar su trabajo y opiniones a través de la conversión. Aun así continuó en el periodismo y la vida pública, desarrolló producción de medios y siguió informando y hablando sobre guerra, política y comunidades musulmanas.

La experiencia no le exigió afirmar que todo musulmán representa al islam ni que todo lo sucedido en Afganistán fue bueno. Cambió su criterio: distinguió la escritura de los actos de sus seguidores, el cautiverio de la búsqueda posterior y una emoción pasajera de una convicción probada en culto, hábitos, trabajo y relaciones. “La cautiva de los talibanes que se convirtió” es una descripción demasiado pequeña: borra los dos años en que se formó la decisión.

La historia inspira porque Ridley no abrió el Corán buscando consuelo, sino para poner a prueba una objeción. Tenía una imagen firme y aceptó que podía ser incompleta. Cuando cambió su juicio, no se detuvo en la admiración intelectual: llevó la elección a la vida diaria y soportó sus preguntas familiares y profesionales. La lección no es que el miedo produzca fe, sino que después del miedo una persona puede recuperar la libertad, examinar la fuente con justicia y seguir lo que cree verdadero aunque derribe su primera expectativa.

Fuentes

Religioscope — Islam: from Taliban captive to Muslim feminist — Interview with Yvonne Ridley · The Guardian — The strange case of the Taliban captive who converted · The Independent — Abu Hamza called me. He was so sweet · Hiba Magazine — Interview with Yvonne Ridley

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