Madarej

Suhaib Webb: La conversión no terminó el cambio; lo puso en marcha

أسطوانة وجهاز تشغيل في ضوء هادئ

العربية · English · 简体中文 · हिन्दी · Español · Français · Deutsch

Cuando conocieron el islam

¿Debe una persona alcanzar la perfección antes de abrazar el islam? ¿O puede comenzar desde su situación real, todavía con miedo y hábitos arraigados, y aprender a cambiar paso a paso? La historia de Suhaib Webb no es una transformación terminada en un instante. Es una decisión precedida por preguntas y seguida por años de aprendizaje y rectificación personal.

Nació como William Webb en 1972 y creció a las afueras de Oklahoma City en una familia cristiana. Su abuelo era un predicador estricto, mientras sus padres se mostraban más abiertos a la vida moderna. William guardaba buenos recuerdos de la comunidad de la iglesia, pero la divinidad de Jesús le planteaba preguntas persistentes: ¿cómo podía Dios hacerse humano?, ¿cómo podía lo divino quedar ligado a una raza o un color? Aquellas preguntas no dieron una respuesta inmediata, pero le mostraron que la fe heredada ya no resolvía su inquietud.

El baloncesto fue su primera pasión y en la secundaria se trasladó a una escuela de alumnado mayoritariamente negro. Una lesión de rodilla interrumpió ese camino y le dio tiempo para observar las dificultades de muchos compañeros. El hip-hop dejó de ser solo entretenimiento; se convirtió en lenguaje de desigualdad, identidad y protesta. Trabajó como DJ y, según su propio testimonio, se vinculó a una pandilla y adquirió hábitos que después quiso abandonar.

Su primera imagen del islam era superficial: camellos y tiendas, junto con una advertencia de la escuela dominical de que los musulmanes intentarían apartarlo de Jesús. Algunos amigos del mundo del hip-hop le mostraron otra puerta. Un rapero mayor mezclaba el islam con ideas diversas y no era un maestro religioso fiable, pero despertó la curiosidad de William. Consiguió un Corán y lo leyó lejos de la mirada de su familia, a veces encerrado en un pequeño baño junto a la cocina.

Le sorprendió encontrar a María y Jesús en el Corán. El islam no le pedía despreciarlos, sino situarlos dentro de la adoración al Dios único. El tawhid respondió a su antigua pregunta: Dios no es un ser humano, un color ni una imagen. También lo alcanzó la fuerza del lenguaje coránico. Al leer la imagen de los árboles convertidos en plumas y el mar en tinta sin poder agotar las palabras de Dios, se encontraron su razón y su sensibilidad literaria. La cultura circundante abrió una puerta; leer el texto por sí mismo lo hizo atravesarla.

Webb contó después que tomó la decisión a los diecisiete o dieciocho años, aunque su conversión formal ocurrió a los veinte, en 1992. Como joven estadounidense blanco, sabía que hacerse musulmán iba contra la corriente de su entorno. Temía la reacción de su familia, de su antigua pandilla y el peso de sus propios vicios. Se propuso un orden: dejar primero el alcohol, después la marihuana y limpiar parte de su vida antes de la shahada. También admitió que al principio ni siquiera conocía la fórmula formal; se consideraba musulmán y había dejado el cerdo antes de recibir enseñanza organizada.

Las fuentes abiertas no publican el día, la mezquita ni los testigos de su shahada. Lo establecido es que se hizo musulmán practicante a los veinte años, en 1992. No era una afirmación de que todo estuviera reparado, sino la aceptación de una dirección que creía verdadera. Sus padres se sintieron aliviados al verlo alejarse de una vida peligrosa, aunque su nuevo fervor religioso también los desconcertó.

En la primera semana sintió —según su propia cifra exagerada— que aparecían miles de normas: una casa con perro, cerdo y alcohol, además de relaciones y hábitos por revisar. Abrumado, llamó a su maestro Abdul Salaam y enumeró sus problemas. El maestro no descargó sobre él todos los detalles. Redujo el comienzo a tres fundamentos: tawhid, purificación y oración.

Durante unos ocho meses aprendió la oración con un pequeño manual transliterado. Después llegó un libro y luego un círculo de estudio de un año. La secuencia no rebajaba la verdad; ordenaba la capacidad de quien apenas comenzaba. Terminó una licenciatura en educación y viajaba cuatro días por semana a Norman para estudiar con un sheij senegalés. Recordó aquella etapa como solitaria por momentos, pero le dio una base.

Memorizó el Corán y la comunidad de Oklahoma lo eligió imán a los veintiséis años. No idealizó aquel liderazgo temprano: más tarde reconoció que sus sermones eran demasiado encendidos y su formación insuficiente. Esa autocrítica lo empujó a estudiar más. Se trasladó a El Cairo y pasó años en Al-Azhar aprendiendo árabe y ciencias islámicas. El buscador se convirtió en un estudiante que comprendió que la sinceridad no sustituye al conocimiento.

Al regresar a Estados Unidos trabajó como imán y maestro. Su propio comienzo marcó su modo de hablar sobre los nuevos musulmanes. Sostenía que un converso necesita algo más que una lista ilimitada de clases y normas: necesita una familia intelectual y social cuando pueden alejarse los amigos y desconcertarse los parientes. Por eso pidió instituciones capaces de acompañarlos y una enseñanza gradual que una la ley con la compasión y el crecimiento.

Aquí cobra sentido completo su historia: la conversión es un momento; el islam es un proceso. Webb no se volvió erudito el día de su shahada ni desaparecieron todas sus luchas de una noche a otra. Reconoció la verdad, aprendió a orar, encontró compañía, estudió y corrigió después sus propios comienzos. La inspiración no consiste en copiar cada detalle de su vida, sino en comprender que un primer paso honesto puede convertirse en la tarea de toda una vida.

Para quien teme acercarse al islam porque su vida aún no es ideal, la historia ofrece una invitación equilibrada: no conviertas tus defectos en argumento contra lo que reconoces como verdadero, ni permitas que el entusiasmo sustituya al aprendizaje. Empieza por el fundamento, busca compañía sabia y deja que la acción sincera y paciente reconstruya tu vida.

La pregunta que responde esta historia

Una decisión sincera puede preceder al cambio de todos los hábitos, pero el cambio no puede detenerse en la decisión. Webb empezó a dejar algunas costumbres antes de la shahada; después aprendió tawhid, purificación y oración en un orden que podía sostener, y siguió años de estudio y revisión. Su historia muestra que reconocer la verdad abre el camino y que el conocimiento, la comunidad y la paciencia ayudan a permanecer en él.

Fuentes

Fotografía: János Venczák / Unsplash.