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Ingrid Mattson: Cuando volvió la pregunta por Dios

Ilustración que acompaña la historia

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Cuando conocieron el islam

Ingrid Mattson nació en Waterloo, Ontario, en 1963. Era la sexta de siete hermanos y creció en una familia católica practicante. La fe de su infancia estaba ligada al ritmo del año, a la liturgia y a los tiempos de Cuaresma y Adviento. En medio del movimiento de una casa numerosa, recordaba el convento y su biblioteca como lugares de quietud. Durante un tiempo, la vida religiosa y el estudio le parecieron caminos que podían encontrarse.

Su padre murió poco antes de que ella cumpliera trece años, y su madre quedó al frente de siete hijos. Mattson no presentó aquella pérdida como una explicación automática de su evolución espiritual. El conflicto que la apartó de la Iglesia nació de preguntas concretas: la divinidad de Jesús, la Trinidad y la salvación. Las respuestas que recibió en la escuela católica no la convencieron. Hacia los quince años dejó de comulgar, pues no quería practicar un rito cuyo significado ya no afirmaba.

Los seis años siguientes fueron un período que ella describió, en distintos momentos, como ateo o agnóstico. La religión dejó de ser una posibilidad inmediata, aunque las preguntas sobre la verdad y la vida moral no desaparecieron. En la Universidad de Waterloo estudió bellas artes y filosofía. Pensaba que el capítulo religioso había quedado atrás.

Una amistad abrió la puerta

En el verano de 1986 viajó a París para estudiar cine. Allí entabló amistad con estudiantes musulmanes de Senegal y Mauritania. No los describió como personas de una observancia excepcional. Le impresionaron su generosidad, su humildad y su bondad, así como la presencia natural del islam en sus vidas. La amistad despertó su curiosidad por otras culturas, por el árabe y por el Corán.

El árabe y el Corán

El Corán entró en su camino en dos etapas relacionadas. Durante el verano parisino escuchó recitación coránica; al volver a Waterloo se matriculó en árabe, y dos profesores le dieron una traducción parcial del Corán. Ella no buscaba una nueva religión. Por eso, cuando la lectura despertó una conciencia de Dios que no había sentido desde la infancia, trató primero de apartarla.

Con el tiempo, ignorar aquella convicción empezó a parecerle una falta de honestidad. El Corán no le produjo únicamente una emoción pasajera: reabrió la pregunta que había quedado sin resolver en su adolescencia. En el tawhid, la unicidad de Dios, encontró una fe que no exigía divinizar a un ser humano. El islam honraba a Jesús como Mesías y profeta sin pedirle que lo adorara como Dios. Según su propio relato, ese fue el factor decisivo: el Corán le devolvió la fe en Dios y la unicidad divina resolvió un conflicto intelectual antiguo.

La primavera de 1987

En la primavera de 1987, durante su último año universitario, declaró su fe en casa de dos de sus profesores y ante testigos. La decisión llegó tras una amistad que abrió la pregunta, el estudio de una lengua y un texto, una resistencia interior y, finalmente, la aceptación de lo que consideraba verdadero.

Una fe que no borra a la familia

Nadie de su familia estuvo presente. Le preocupaba especialmente la reacción de su madre, que había criado a los siete hijos después de la muerte del padre. La familia no conocía de cerca a ningún musulmán, de modo que el temor inicial nacía en buena medida de lo desconocido. Mattson señaló que el tiempo y la observación de lo que la fe significaba en su vida tranquilizaron más que una discusión. La conversión al judaísmo de su hermana mayor también le ofreció un ejemplo de cómo seguir perteneciendo a una familia a pesar de una diferencia religiosa.

No todos los consejos de su nueva comunidad fueron prudentes. Alguien le dijo que no entrara en ningún lugar donde hubiera alcohol, ni siquiera en la casa familiar. Ella se negó a convertir la fe en un muro entre ella y las personas que amaba. No se trataba de abandonar sus convicciones morales, sino de aprender a distinguir entre la firmeza y el aislamiento.

Aprender después de la decisión

Más tarde, en 1987, viajó a Pakistán y trabajó cerca de Peshawar con refugiados afganos, especialmente en educación y salud para mujeres y niños. Aquella experiencia ocurrió después de su entrada en el islam. Ella dijo que corrigió una imagen idealizada de las sociedades musulmanas y le enseñó a diferenciar las enseñanzas religiosas de las prácticas de las personas.

Mattson continuó con la investigación académica, el diálogo interreligioso y el servicio comunitario. Las crónicas contemporáneas la presentaron como la primera mujer, la primera persona nacida en Norteamérica y la primera conversa elegida presidenta de la Islamic Society of North America. Sin embargo, el sentido de su camino no depende de un cargo posterior. De adolescente había dejado un rito porque no quería practicarlo sin convicción; años después regresó a la fe por la misma exigencia de honestidad.

Lo que deja el camino

Su historia responde a dos preguntas. El buen carácter puede abrir una puerta, pero no sustituye el conocimiento: el árabe, el Corán y la claridad intelectual del tawhid fueron esenciales. Y una fe nueva no exige borrar a la familia ni suspender el juicio. Pide unir convicción y sabiduría, y distinguir el islam de todo lo que los musulmanes puedan hacer en su nombre.

Fuentes

Fotografía: James Bold / Unsplash / Unsplash.